Cuando la «Ciencia» nos deja sin agua: la falsa promesa del progreso tecnológico

15 de Enero de 2026

Vivimos en una era deslumbrada por los titulares que nos prometen una Inteligencia Artificial capaz de resolver las enfermedades más complejas y algoritmos que conectan al mundo a la velocidad de la luz. Sin embargo, en lugares como Cerrillos, Chile, esa promesa futurista chocó violentamente con una realidad mucho más antigua y vital: la sed. El conflicto reciente entre la comunidad local y el gigante Google por la instalación de un centro de datos no fue un simple trámite administrativo, sino la revelación de una verdad incómoda que debemos empezar a aceptar: lo que nos venden como «ciencia» y «progreso» es, muchas veces, un capitalismo salvaje disfrazado con una bata blanca que busca la acumulación pura a costa de los recursos básicos de la población.

Durante décadas hemos respetado a la ciencia como una búsqueda noble de la verdad, pero las grandes corporaciones tecnológicas han secuestrado ese prestigio, utilizando la palabra «innovación» como un escudo para esconder prácticas extractivistas dignas del siglo XIX. Cuando una empresa es capaz de diseñar algoritmos que imitan el pensamiento humano, pero resulta incapaz de comprender que extraer 169 litros de agua por segundo de un acuífero en sequía es una condena para la comunidad, no estamos ante un fallo de cálculo, sino ante una racionalidad perversa. Es una inteligencia técnica que sabe optimizar servidores, pero que ignora deliberadamente la vida biológica; una lógica de acumulación por desposesión que te quita el agua —que es vida— para venderte datos, llamando cínicamente a ese robo «desarrollo».

Esta mentalidad, típica de Silicon Valley, opera a menudo como si el mundo fuera una simulación de videojuego y sus ejecutivos jugaran en «Modo Dios», moviendo recursos globales desde oficinas climatizadas sin sentir las consecuencias físicas. Para ellos, las comunidades locales somos tratados como «NPCs» (personajes no jugables), figuras de fondo sin voluntad propia que deberían aceptar cualquier trato. El intento de ofrecer un «bosque urbano» en Cerrillos a cambio del agua del acuífero fue el ejemplo perfecto de esta desconexión narcisista, un equivalente moderno de los conquistadores cambiando espejos por oro, asumiendo que la comunidad sería lo suficientemente ingenua para aceptar vegetación decorativa mientras les robaban el líquido necesario para mantenerla viva. Pero la gente demostró que los pueblos no son personajes secundarios; al organizarse y rechazar el proyecto, rompieron la inmersión del juego corporativo y obligaron a enfrentar la realidad de que allí vive gente pensante.

Por eso, nos han enseñado erróneamente que desconfiar es malo, o que oponerse a la tecnología es fruto de la ignorancia, pero es hora de cambiar ese relato. Cuando un colectivo está empobrecido o amenazado y se enfrenta a una corporación con recursos infinitos, la desconfianza no es un defecto, sino un sistema inmunológico necesario. Es el único cortafuegos que tiene la sociedad para filtrar las mentiras de las relaciones públicas. La ciencia corporativa actual funciona como una «Caja Negra» opaca y cerrada, cuyo código no podemos ver pero cuyas consecuencias —sequía, calor y ruido— sufrimos directamente. Por lo tanto, la única vía legítima que nos queda es la auditoría ciudadana y la incredulidad sistemática.

No debemos creer en la bondad de un proyecto solo porque viene avalado por ingeniería de punta, ya que la sofisticación tecnológica no garantiza ética moral. La lección que nos deja este conflicto es clara: la verdadera inteligencia hoy no reside en los servidores de California, sino en la capacidad de la gente común para unirse, desconfiar y auditar colectivamente las pretensiones de quienes intentan vendernos un futuro hipotético a cambio de destruir nuestro presente. Mientras existan colectivos vulnerables frente a gigantes corporativos, el relato de la «ciencia salvadora» debe ser puesto en cuarentena y la organización comunitaria debe ser nuestra primera línea de defensa.

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